Era una linda mañana de
Primavera, el sol gentilmente se posaba en tan vistoso jardín, tan lleno de
color y vida, amaba disfrutar esa esplendida vista. Posó su taza de té sobre el
pequeño borde de la ventana, para estirar un poco el brazo y así poder abrirla
con menos dificultad, Oh… la sensación de la brisa al entrar abruptamente con
un poquito de frialdad le provocó cerrar los ojos. Que olor le acompañaba, era
el olor de la pureza. Inhaló profundamente para tratar de anchar más la
capacidad de sus pulmones, deseando dejarlo allí, por la eternidad. No podía dejar
de amar tan maravillosa vista, tan perfecta, tan cerca y a su vez incapaz de
quedarse con ella. No, no podía ser tan egoísta, sería un pecado capital y ella
necesitaba estar en paz, en calma consigo en sus tiempos necesarios, ya las
paces estaban hechas con sus fantasmas hacía mucho y los que seguían
insistiendo ya ella los ignoraba. Una duda le abrumaba, ¿estaría allí?, ¿estaría
esperándola?, mejor no seguir esa línea de pensamientos, tampoco había
transcurrido mucho tiempo. Terminó su taza de té, posándola sobre el pequeño
platico a juego, si que extrañaría tan hermoso lugar. Se levantó y decidió dar
un último vistazo a la ventana frente a su cómoda, se alisó su melena, se
acomodó su camisa a cuadros, retocándose los labios, Unos
toques de su perfume favorito, se observó complacida.
¡Ya es hora! Sonrió, y se fue a su encuentro,
con una sonrisa en sus labios.
